Arquitectura de las Creencias. Columna 9: El arte de cambiar de opinión
"Estaba
equivocado."
En teoría,
no debería ser un problema.
Todos
sabemos que podemos equivocarnos.
Nos
equivocamos al recordar una fecha.
Al
interpretar una situación.
Al juzgar a
una persona demasiado rápido.
Al creer
que sabíamos cómo terminaría algo.
Nos
equivocamos porque vivimos en un mundo demasiado complejo como para
comprenderlo completamente.
Y, sin
embargo, reconocer un error puede resultar sorprendentemente difícil.
A veces preferimos discutir.
Buscar
nuevas justificaciones.
Cambiar el
tema.
Encontrar
excepciones.
O
simplemente dejar de mirar aquello que pone nuestra creencia en duda.
¿Por qué?
Quizás
porque cambiar de opinión no siempre consiste solamente en reemplazar una idea
por otra.
A veces
implica algo más.
Implica
aceptar que la persona que fuimos ayer no sabía algo que nosotros sabemos hoy.
Y eso puede
sentirse como una pérdida.
Pero tal
vez sea necesario aprender a mirar el cambio desde otra perspectiva.
Quizás
cambiar de opinión no sea siempre una derrota.
Quizás
pueda ser una de las formas más honestas de seguir aprendiendo.
La ilusión de haber llegado
Todos
tenemos la sensación de que, en algún momento, hemos llegado a ciertas
conclusiones.
Hemos
pensado.
Hemos
leído.
Hemos
conversado.
Hemos
vivido experiencias.
Y algunas
ideas terminan ocupando un lugar estable en nuestra manera de entender el
mundo.
Eso es
inevitable.
No
podríamos vivir si tuviéramos que revisar cada una de nuestras creencias desde
cero cada mañana.
Necesitamos
cierta estabilidad.
Pero la
estabilidad puede convertirse fácilmente en una ilusión.
Podemos
comenzar a pensar que nuestras conclusiones son el final de una búsqueda
cuando, en realidad, solo representan una etapa.
La persona
que somos hoy considera evidentes algunas cosas que, hace diez años, quizás ni
siquiera había pensado.
Y
probablemente dentro de diez años ocurrirá algo parecido.
No porque
debamos cambiar por obligación.
Sino porque
seguiremos encontrando información, experiencias y preguntas que hoy todavía no
conocemos.
La pregunta
no es si cambiaremos.
La pregunta
es:
¿Qué
haremos cuando encontremos una buena razón para hacerlo?
Cambiar de opinión no significa haber sido un tonto
Uno de los
mayores obstáculos para revisar una creencia es la manera en que interpretamos
nuestro pasado.
Si descubro
que estaba equivocado, podría pensar:
"¿Cómo
pude creer algo así?"
Pero esa
pregunta puede ser injusta.
La persona
que fuimos tomó decisiones con la información que tenía.
Con las
experiencias que había vivido.
Con las
preguntas que sabía formular en ese momento.
Tal vez hoy
veamos las cosas de otra manera precisamente porque hemos recorrido un camino
que entonces todavía no existía.
Juzgar
nuestro pasado con todo lo que sabemos ahora puede producir una ilusión
extraña.
La ilusión
de que siempre deberíamos haber sabido lo que solo aprendimos después.
Pero nadie
comienza desde el final.
Aprendemos
en movimiento.
Nos
equivocamos.
Corregimos.
Volvemos a
equivocarnos.
Y seguimos.
Reconocer
que una idea ya no nos convence no significa que hayamos sido ingenuos por
haberla aceptado.
Puede
significar que hemos encontrado nuevas razones para revisarla.
El problema de la inversión
Cuanto más
tiempo hemos sostenido una creencia, más difícil puede resultar abandonarla.
Hemos
invertido algo en ella.
Tiempo.
Conversaciones.
Decisiones.
Tal vez
prestigio.
Tal vez
relaciones.
Quizás
hemos convencido a otras personas.
Quizás
hemos discutido intensamente para defenderla.
Quizás
construimos una parte de nuestra vida alrededor de ella.
Y entonces
aparece una pregunta incómoda:
"¿Qué
hago con todo lo que invertí?"
A veces
intentamos proteger una idea no porque siga pareciéndonos verdadera, sino
porque nos resulta difícil aceptar el costo de haberla defendido durante tanto
tiempo.
Pero hay
algo que conviene recordar.
El tiempo
ya invertido no desaparece porque cambiemos de opinión.
El pasado
no puede recuperarse conservando una creencia que ya no nos convence.
Seguir
invirtiendo solamente porque hemos invertido antes no convierte la decisión en
mejor.
Quizás la
pregunta más útil no sea:
"¿Cuánto
he invertido en esta idea?"
Sino:
"¿La
defendería hoy si la encontrara por primera vez?"
La diferencia entre cambiar y rendirse
A veces
confundimos cambiar de opinión con rendirse.
Como si
reconocer que otra persona tenía razón significara perder una batalla.
Pero una
conversación no tiene por qué ser una guerra.
Podemos
descubrir que alguien nos mostró información que desconocíamos.
Podemos
aceptar que un argumento era mejor que el nuestro.
Podemos
modificar una conclusión sin convertir la experiencia en una humillación.
De hecho,
una de las formas más productivas de conversar sería entender que ninguna de
las personas necesita salir derrotada.
Si una
conversación nos ayuda a comprender mejor algo, ambos pueden ganar.
Incluso si
solo uno cambia de opinión.
El objetivo
de una discusión no debería ser conservar nuestra posición intacta.
Debería ser
acercarnos, en la medida de lo posible, a una comprensión más precisa.
Y a veces
eso exige que nuestra posición cambie.
No todas las creencias cambian de la misma manera
Cambiar de
opinión no siempre significa pasar de una certeza a otra certeza.
A veces
significa algo más modesto.
Pasar de:
"Estoy
seguro."
a:
"Ya no
estoy tan seguro."
O de:
"Esto
es imposible."
a:
"Tal
vez debería investigarlo."
O incluso
de:
"Nunca
cambiaré de opinión."
a:
"No sé
lo suficiente para afirmarlo."
Estas
pequeñas transformaciones también importan.
De hecho,
muchas veces el verdadero cambio comienza con una duda.
No
necesitamos destruir inmediatamente una creencia cada vez que encontramos una
pregunta difícil.
Podemos
dejar la pregunta abierta.
Podemos
convivir durante un tiempo con la incertidumbre.
Podemos
investigar.
Esperar.
Escuchar.
Hay una
enorme diferencia entre cambiar por presión y cambiar porque hemos llegado
honestamente a una nueva conclusión.
La libertad
intelectual también incluye el derecho a no apresurarse.
La identidad que puede aprender
En la
columna anterior hablábamos del peligro de convertir nuestras creencias en una
identidad rígida.
Pero quizás
exista otra posibilidad.
Una
identidad puede incluir el aprendizaje.
Podemos
pensar:
"Soy
una persona que intenta tener razón."
Pero
también:
"Soy
una persona que está dispuesta a corregirse."
La segunda
definición puede ser mucho más resistente que la primera.
Porque no
depende de que nunca cometamos un error.
Depende de
lo que hacemos cuando descubrimos uno.
Una
identidad basada en la infalibilidad es extremadamente frágil.
Necesita
defenderse constantemente.
Una
identidad basada en el aprendizaje puede sobrevivir a la corrección.
Incluso
puede fortalecerse gracias a ella.
Tal vez no
necesitemos proteger nuestra imagen de nosotros mismos como personas que
siempre tienen razón.
Tal vez sea
más útil construir una identidad que pueda decir:
"Me
importa más comprender que parecer haber comprendido siempre."
El valor de la incertidumbre
Hay algo
profundamente incómodo en no saber.
Una
respuesta, incluso una respuesta equivocada, puede resultar más tranquilizadora
que una pregunta abierta.
La
incertidumbre exige paciencia.
Nos obliga
a esperar.
A reconocer
nuestros límites.
A convivir
con la posibilidad de que todavía no tengamos una conclusión.
Por eso
algunas personas se aferran a sus certezas con tanta fuerza.
No
solamente porque estén convencidas.
A veces
porque la alternativa parece demasiado incómoda.
Pero la incertidumbre
no siempre es un vacío.
Puede ser
un espacio.
Un lugar
donde todavía puede ocurrir el aprendizaje.
Decir:
"No
sé."
No tiene
por qué ser el final de una conversación.
Puede ser
su comienzo.
Cambiar lentamente también es cambiar
Vivimos
rodeados de cambios rápidos.
Una noticia
reemplaza a otra.
Una opinión
se vuelve tendencia.
Después
desaparece.
Parece que
todo exige una respuesta inmediata.
Pero
algunas transformaciones necesitan tiempo.
Una persona
puede encontrar hoy una información que contradice una creencia mantenida
durante años.
Y aun así
no cambiar inmediatamente.
Eso no
significa necesariamente que sea incapaz de aprender.
Puede
necesitar tiempo para comprender.
Para
ordenar las consecuencias.
Para
conversar.
Para
separar lo que realmente piensa de lo que siente.
Cambiar de
opinión puede ser un proceso.
Primero
aparece una duda.
Después una
pregunta.
Luego una
conversación.
Una
lectura.
Una
experiencia.
Y solo
mucho después descubrimos que nuestra posición ya no es la misma.
Las ideas
no siempre cambian como se enciende una luz.
A veces
cambian como cambia un paisaje.
Poco a
poco.
Hasta que
un día miramos hacia atrás y comprendemos que ya no estamos donde estábamos.
La importancia de poder decir: no sé
Quizás una
de las herramientas más sencillas para proteger nuestra libertad intelectual
sea recuperar una frase que a veces evitamos.
"No
sé."
No sé si
esto es cierto.
No sé si
tengo toda la información.
No sé si mi
interpretación es correcta.
No sé si
seguiré pensando lo mismo dentro de algunos años.
Estas
palabras no nos hacen menos capaces.
Simplemente
colocan nuestras certezas en una proporción más humana.
Nadie puede
saberlo todo.
Pero
podemos aprender.
Y para
aprender necesitamos, primero, reconocer que existe algo que todavía no
sabemos.
La
ignorancia que se reconoce puede convertirse en una pregunta.
La
ignorancia que se niega suele convertirse en una muralla.
Escuchar no es aceptar
Cambiar de
opinión tampoco significa estar dispuesto a aceptar cualquier cosa.
Una persona
intelectualmente abierta no es una persona que cree todo lo que escucha.
La apertura
no consiste en mantener la puerta sin ninguna protección.
Consiste en
permitir que las ideas entren para ser examinadas.
Podemos
escuchar una posición con la que discrepamos profundamente.
Podemos
intentar comprenderla.
Podemos
buscar sus mejores argumentos.
Y, después
de todo eso, continuar pensando exactamente igual.
Eso también
forma parte de la investigación.
La
diferencia está en que nuestra conclusión ya no depende solamente de haber
evitado la pregunta.
Podemos
conservar una creencia después de haberla puesto a prueba.
Y, en
algunos casos, una creencia que sobrevive al examen puede resultar más sólida
que una que nunca fue cuestionada.
¿Qué nos cuesta realmente abandonar?
Cuando una
creencia se vuelve difícil de cambiar, quizás convenga volver a una pregunta
que apareció en la columna anterior:
¿Qué
perdería si dejara de creer esto?
A veces
descubriremos que el obstáculo no es intelectual.
Es
emocional.
O social.
Tal vez
tememos decepcionar a alguien.
Tal vez
perder una pertenencia.
Tal vez
reconocer una decisión equivocada.
Tal vez
descubrir que una parte de nuestra historia necesita ser reinterpretada.
Comprender
ese costo no obliga a cambiar.
Pero nos
permite distinguir entre dos cosas diferentes:
las razones
que tenemos para creer
y
las razones
que tenemos para no querer dejar de creer.
La
diferencia puede ser decisiva.
Porque una
creencia puede mantenerse por ambas.
Y no
siempre las reconocemos.
La libertad de corregirse
Hay una
imagen muy extendida del pensamiento independiente.
Imaginamos
a una persona que se mantiene firme.
Que no
cede.
Que
resiste.
Que no
permite que nadie la haga cambiar de opinión.
Pero quizás
exista otra imagen.
La de una
persona que escucha.
Que duda.
Que resiste
la presión de aceptar una conclusión apresurada.
Pero
también resiste la tentación de conservar una idea solamente porque ya es suya.
Una persona
capaz de decir:
"Hasta
ahora pensaba esto. Ahora veo razones para pensar de otra manera."
Esa persona
no necesariamente es más débil.
Puede estar
demostrando una forma distinta de fortaleza.
Porque no
siempre resulta fácil abandonar una posición conocida.
A veces
hace falta más seguridad para cambiar que para continuar.
La persona que podemos llegar a ser
Quizás
todos llevamos dentro una pequeña resistencia frente a nuestro futuro.
Queremos
saber quiénes somos.
Queremos
reconocer cierta continuidad.
Pero la
persona que seremos todavía no ha terminado de aprender.
Tiene
experiencias que nosotros todavía no hemos vivido.
Preguntas
que todavía no conocemos.
Respuestas
que hoy nos parecerían imposibles.
Y quizás
algunas de esas respuestas cambiarán ideas que hoy consideramos importantes.
No
deberíamos temer necesariamente a esa persona futura.
También
será nosotros.
Cambiar no
significa desaparecer.
Aprender no
significa traicionar a quien fuimos.
Una
identidad puede continuar incluso cuando sus ideas cambian.
De hecho,
tal vez una de las pocas formas de ser verdaderamente fieles a nosotros mismos
sea permitirnos descubrir quiénes podemos llegar a ser.
El arte de seguir pensando
Cambiar de
opinión no debería convertirse en una obligación.
No debemos
abandonar una creencia simplemente porque alguien nos presiona.
Tampoco
debemos cambiar para demostrar que somos personas abiertas.
Eso sería
otra forma de dependencia.
El cambio
solo tiene sentido cuando existen razones para cambiar.
Pero
necesitamos conservar la posibilidad.
La
posibilidad de revisar.
De dudar.
De
corregir.
De decir:
"Ya no
lo veo de la misma manera."
Quizás esa
sea una de las formas más difíciles de libertad.
No la
libertad de no tener convicciones.
Sino la
libertad de no convertir nuestras convicciones en una prisión.
Después de
todo, nuestras ideas deberían ayudarnos a comprender el mundo.
No
obligarnos a defenderlas contra todo lo que podamos llegar a aprender.
Y quizás
una mente verdaderamente abierta no sea aquella que está dispuesta a creer
cualquier cosa.
Sea aquella
que todavía conserva la capacidad de hacer una pregunta incluso sobre aquello
que más desea que sea cierto.
Porque el
pensamiento no termina cuando encontramos una respuesta.
A veces,
simplemente, comienza de nuevo.
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