Arquitectura de las Creencias. Columna 7: Creer también es pertenecer

Hasta ahora hemos recorrido un largo camino.

Hemos visto que nuestras creencias tienen una historia.

Que las ideas llegan desde distintos lugares.

Que compiten por nuestra atención.

Que pueden repetirse hasta convertirse en algo familiar.

Y que algunas adquieren una fuerza especial cuando se unen a nuestras emociones.

Pero todavía falta una pieza importante.

Porque muchas de nuestras creencias no existen solamente dentro de nuestra mente.

También existen entre nosotros.

Las compartimos.

Las conversamos.

Las defendemos.

Las enseñamos.

Las heredamos.

Y, en ocasiones, las utilizamos para reconocer quiénes son los nuestros.

Por eso, una creencia puede cumplir una función que va mucho más allá de explicar el mundo.

Puede ayudarnos a encontrar un lugar dentro de él.

Creer también puede ser una forma de pertenecer.


Las ideas que nos reúnen

Pensemos en cualquier grupo humano.

Una familia.

Una comunidad.

Una religión.

Un movimiento político.

Una profesión.

Un equipo deportivo.

Una generación.

Una comunidad cultural.

Las personas que forman parte de esos grupos no comparten necesariamente todas sus ideas.

Pero suelen compartir algunas referencias.

Historias.

Valores.

Símbolos.

Recuerdos.

Palabras.

Interpretaciones sobre lo que consideran importante.

Esas ideas ayudan a crear algo que va más allá del individuo.

Un sentido de comunidad.

Una sensación de estar junto a otros.

Decimos:

"Nosotros pensamos..."

"Nosotros creemos..."

"Nosotros siempre hemos..."

La primera persona del plural tiene una fuerza especial.

Porque puede transformar una idea en un vínculo.

Y cuando una creencia se convierte en un vínculo, dejar de compartirla puede resultar mucho más difícil que simplemente cambiar de opinión.

 

No elegimos todas las comunidades a las que pertenecemos

Algunas pertenencias las elegimos.

Otras llegan antes de que podamos decidir.

Nacemos dentro de una familia.

Crecemos en una cultura.

Aprendemos un idioma.

Recibimos historias sobre nuestro pasado.

Descubrimos qué cosas son celebradas y cuáles son criticadas.

Mucho antes de que podamos preguntarnos qué pensamos, ya hemos comenzado a aprender quiénes somos.

Y esa identidad inicial suele venir acompañada de ideas.

Sobre el mundo.

Sobre nosotros mismos.

Sobre otras personas.

Sobre lo correcto y lo incorrecto.

Sobre lo admirable y lo vergonzoso.

Nada de esto significa que estemos condenados a conservar para siempre aquello que recibimos.

Pero ayuda a comprender por qué algunas creencias nos resultan tan difíciles de examinar.

No son simplemente ideas aisladas.

Pueden estar unidas a nuestros primeros vínculos.

A las personas que nos enseñaron.

A los lugares donde crecimos.

A recuerdos que forman parte de nuestra historia.

Por eso, cuestionar una creencia puede despertar una sensación inesperada.

A veces no parece que estemos abandonando una opinión.

Parece que estuviéramos alejándonos de algo mucho más antiguo.

 

La necesidad de estar con otros

Los seres humanos no vivimos solamente de información.

También necesitamos vínculos.

Necesitamos ser reconocidos.

Ser escuchados.

Encontrar personas con quienes compartir experiencias.

Sentir que formamos parte de algo.

Esa necesidad no es una debilidad.

Es una parte fundamental de nuestra vida.

El problema aparece cuando nuestras ideas se convierten en una condición para conservar esa pertenencia.

Entonces puede comenzar una negociación silenciosa.

Quizás no nos digamos:

"Debo creer esto para que me acepten."

A veces el proceso es mucho más sutil.

Observamos qué ideas reciben aprobación.

Qué opiniones provocan rechazo.

Quiénes son considerados parte del grupo.

Quiénes comienzan a ser vistos como extraños.

Aprendemos las fronteras.

Y, poco a poco, también aprendemos qué cosas conviene decir.

Y cuáles es mejor callar.

No siempre porque alguien nos obligue.

A veces porque queremos evitar el conflicto.

La incomodidad.

La distancia.

La posibilidad de quedarnos solos.

Y así puede ocurrir algo curioso:

una idea comienza a mantenerse no solamente porque creemos que es cierta, sino porque dejar de creerla tendría un costo social.

 

Cuando disentir se vuelve incómodo

Cambiar de opinión puede ser fácil cuando nadie más parece preocuparse por ello.

Podemos descubrir que estábamos equivocados sobre una película, una comida o una cuestión menor y seguir adelante sin mayores consecuencias.

Pero no ocurre lo mismo con todas las creencias.

Algunas están conectadas con relaciones importantes.

Con amistades.

Con la familia.

Con una comunidad.

Con una identidad compartida.

Entonces aparece una dificultad adicional.

Ya no basta con preguntarnos:

"¿Es verdad?"

También aparece otra pregunta:

"¿Qué ocurrirá si dejo de estar de acuerdo?"

Quizás nada.

Quizás descubramos que las personas que nos rodean son capaces de aceptar nuestras diferencias.

Pero también puede existir un riesgo real.

Ser ridiculizado.

Ser excluido.

Ser considerado una traición.

Ser acusado de haberse pasado "al otro lado".

Y cuando una persona anticipa esas consecuencias, el examen de una creencia deja de ser completamente libre de emociones.

Porque ya no está evaluando solamente una idea.

También está evaluando una relación.

 

Las creencias como señales

Las ideas no solamente describen el mundo.

A veces también funcionan como señales.

Una opinión puede comunicar:

"Soy una de estas personas."

Una palabra puede indicar pertenencia.

Una consigna puede funcionar como una contraseña.

Una determinada manera de interpretar un acontecimiento puede ayudarnos a reconocer quién está con nosotros y quién está fuera.

Esto explica por qué algunas discusiones resultan tan intensas.

Desde fuera, puede parecer que las personas están discutiendo un hecho.

Pero, en ocasiones, algo más está en juego.

Una discusión sobre una idea puede convertirse en una discusión sobre lealtad.

Sobre identidad.

Sobre pertenencia.

Y entonces los argumentos comienzan a cargar un peso que va mucho más allá de su contenido.

No solo estamos defendiendo una conclusión.

Podemos estar defendiendo nuestro lugar.

 

Nosotros y ellos

Toda comunidad necesita algún grado de identidad.

Necesita saber, de alguna manera, qué la une.

El problema aparece cuando esa identidad necesita construir constantemente un enemigo.

Cuando el "nosotros" solo puede fortalecerse mediante la existencia de un "ellos".

En ese momento, las creencias pueden transformarse en fronteras.

Ya no preguntamos simplemente:

"¿Qué piensas?"

Comenzamos a preguntar:

"¿De qué lado estás?"

Y esa pregunta puede cambiarlo todo.

Porque una persona puede compartir nueve ideas con nosotros y discrepar en una décima.

Pero esa única diferencia puede llegar a ocupar todo el espacio.

La pertenencia puede estrechar nuestra visión.

Puede hacernos olvidar la complejidad de las personas.

Puede reducirlas a una etiqueta.

A una opinión.

A una frase.

A una posición.

Y, cuando eso ocurre, ya no necesitamos comprenderlas.

Solo necesitamos clasificarlas.

 

La tranquilidad de estar de acuerdo

Existe algo profundamente cómodo en encontrarse rodeado de personas que piensan como nosotros.

No tenemos que explicar demasiado.

Muchas cosas parecen evidentes.

Compartimos referencias.

Sabemos qué bromas funcionan.

Qué historias indignan.

Qué acontecimientos deben preocuparnos.

Qué conclusiones parecen naturales.

Esa comodidad tiene un valor.

La vida sería agotadora si tuviéramos que discutir todo, todo el tiempo.

Pero también puede tener un precio.

Cuando todos a nuestro alrededor repiten ideas parecidas, podemos comenzar a olvidar que existen otras interpretaciones.

No necesariamente porque hayan desaparecido.

Simplemente porque ya no están presentes en nuestro entorno.

La coincidencia puede producir una ilusión de unanimidad.

Y la unanimidad puede producir una sensación de certeza.

"Si todos los que conozco piensan así, debe ser evidente."

Pero nuestro entorno no es necesariamente una muestra del mundo.

Puede ser solamente nuestro entorno.

Y cuanto más cerrada sea una comunidad sobre sí misma, más fácil puede resultar confundir el consenso interno con la realidad exterior.

 

La valentía de disentir

Quizás una de las formas más difíciles de independencia intelectual no sea descubrir una idea nueva.

Sea atreverse a conservar una idea distinta.

Especialmente cuando sabemos que esa diferencia puede incomodar a personas que queremos.

Disentir no significa que siempre tengamos razón.

Una persona puede apartarse de la opinión de su grupo y estar completamente equivocada.

La independencia no garantiza la verdad.

Pero existe una diferencia importante entre llegar a una conclusión y limitar nuestras conclusiones por miedo a perder la aprobación de los demás.

Por eso, la pregunta no debería ser:

"¿Estoy dispuesto a llevar siempre la contraria?"

Eso sería simplemente otra forma de dependencia.

La pregunta podría ser:

"¿Podría pensar diferente si las razones me llevaran hacia allí?"

Y esa es una pregunta mucho más difícil.

Porque obliga a reconocer que nuestra libertad intelectual puede depender, en parte, de nuestra capacidad para tolerar la incomodidad de no coincidir.

 

También necesitamos aprender a convivir con el desacuerdo

La responsabilidad no recae solamente sobre quien cambia de opinión.

También recae sobre quienes forman parte de la comunidad.

Una familia.

Una amistad.

Un grupo.

Una sociedad.

Todos pueden crear un espacio donde las personas se sientan libres para pensar.

O pueden crear un ambiente donde determinadas preguntas resulten peligrosas.

Una comunidad intelectualmente saludable no necesita que todos lleguen a las mismas conclusiones.

Necesita algo más difícil:

la capacidad de mantener vínculos incluso cuando existen desacuerdos.

Eso no significa que todas las ideas deban ser aceptadas.

Ni que no existan límites.

Significa reconocer que una persona puede cuestionar una creencia sin convertirse automáticamente en una amenaza.

Y que cambiar de opinión no siempre es una traición.

A veces es el resultado de haber tomado en serio una pregunta.

 

¿Qué perderíamos si dejáramos de creer?

Tal vez esta sea una de las preguntas más importantes de toda la serie.

Cuando una creencia parece imposible de abandonar, quizá convenga preguntarnos:

¿Qué siento que perdería si dejara de creer esto?

La respuesta puede ser sorprendente.

Tal vez no perderíamos solamente una explicación.

Tal vez perderíamos una sensación de seguridad.

Una relación.

Una pertenencia.

Una identidad.

El recuerdo de una persona.

La tranquilidad de saber quiénes son "los nuestros".

Comprender esto no significa que debamos abandonar nuestras creencias.

Pero puede ayudarnos a entender por qué algunas son tan resistentes al examen.

A veces defendemos una idea.

Y a veces la idea está defendiendo algo más dentro de nosotros.

 

Una creencia compartida puede ser hermosa

Sería injusto terminar esta reflexión presentando toda pertenencia como un peligro.

Las ideas compartidas también pueden construir cosas extraordinarias.

Comunidades.

Proyectos.

Movimientos solidarios.

Tradiciones.

Obras culturales.

Familias.

Amistades.

Una creencia compartida puede ayudar a las personas a colaborar.

A cuidarse.

A resistir dificultades.

A construir un futuro común.

El problema no es pertenecer.

El problema comienza cuando pertenecer exige renunciar a la posibilidad de pensar.

Una comunidad puede fortalecernos.

Pero no debería exigirnos que dejemos de preguntar.

Una tradición puede enseñarnos.

Pero no debería impedirnos examinarla.

Una identidad puede darnos raíces.

Pero no debería convertirse en una prisión.

Quizás la verdadera dificultad consiste en aprender a hacer compatibles dos necesidades profundamente humanas:

la necesidad de pertenecer y la necesidad de pensar por nosotros mismos.

 

Cuando una creencia comienza a decir quién eres

Hasta ahora hemos hablado de ideas que compartimos con otros.

Pero el siguiente paso puede ser todavía más profundo.

Porque, con el tiempo, una creencia puede dejar de ser simplemente algo que defendemos junto a un grupo.

Puede convertirse en una parte de la manera en que nos definimos.

Ya no decimos solamente:

"Creo esto."

Comenzamos a decir:

"Yo soy esto."

Y entonces la discusión cambia nuevamente.

Porque cuestionar una creencia puede comenzar a sentirse como cuestionar a la persona misma.

Una idea puede convertirse en identidad.

Y cuando eso ocurre, abandonarla puede sentirse menos como cambiar de opinión y más como perder una parte de uno mismo.

Esa será la próxima puerta que tendremos que abrir.

Porque después de preguntarnos por qué creemos, debemos enfrentar una pregunta todavía más difícil:

¿Qué ocurre cuando dejamos de tener una creencia y comenzamos a sentir que la creencia nos tiene a nosotros?

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