Arquitectura de las Creencias. Columna 6: Cuando las ideas se sienten: el poder de las emociones
Podemos escuchar una afirmación y analizarla con cierta distancia.
Podemos preguntarnos si es verdadera.
Podemos buscar información.
Podemos comparar argumentos.
Pero una idea puede llegar a nosotros de otra manera.
Puede hacernos sentir miedo.
Indignación.
Esperanza.
Orgullo.
Vergüenza.
Alivio.
Puede despertar el recuerdo de una experiencia.
Puede hacernos pensar en alguien que queremos.
Puede parecernos una amenaza.
O puede ofrecernos una explicación reconfortante frente a algo que nos
preocupa.
Y cuando una idea comienza a despertar emociones, nuestra relación con
ella puede cambiar.
Ya no estamos solamente ante una afirmación.
Estamos ante algo que sentimos.
Una idea no vive únicamente en los argumentos
Nos gusta imaginar que nuestras creencias son el resultado de una
conversación racional con nosotros mismos.
Recibimos información.
La analizamos.
Comparamos las pruebas.
Y llegamos a una conclusión.
A veces ocurre así.
Pero sería difícil sostener que todas nuestras convicciones nacen de ese
proceso.
Muchas ideas están acompañadas por recuerdos, experiencias, personas y
emociones.
Pensemos, por ejemplo, en una palabra aparentemente simple.
Para una persona puede ser solamente un concepto.
Para otra puede representar una experiencia dolorosa.
Para alguien más puede despertar orgullo.
Para otra persona puede significar esperanza.
La palabra es la misma.
Pero no llega sola.
Llega acompañada por una historia.
Y esa historia influye en la manera en que la recibimos.
Por eso dos personas pueden escuchar exactamente el mismo mensaje y
reaccionar de formas completamente diferentes.
No porque una haya entendido y la otra no.
Sino porque ninguna idea llega a una mente completamente vacía.
Llega a una persona que ya tiene recuerdos, experiencias, temores,
deseos y creencias anteriores.
Las emociones no son el enemigo
Conviene aclararlo desde el principio.
Hablar del poder de las emociones no significa presentarlas como
enemigas de la razón.
Sería un error.
Las emociones forman parte de nuestra experiencia.
Nos ayudan a reconocer aquello que nos importa.
Nos advierten de posibles peligros.
Nos acercan a otras personas.
Nos permiten experimentar afecto, alegría, tristeza y esperanza.
Una vida sin emociones no sería necesariamente una vida más racional.
Probablemente sería una vida menos humana.
El problema aparece cuando olvidamos que una emoción también puede
influir en la manera en que evaluamos una idea.
Podemos considerar más convincente aquello que nos tranquiliza.
Podemos rechazar inmediatamente aquello que nos provoca miedo.
Podemos defender con mayor intensidad una creencia que se ha unido a
nuestro orgullo.
Podemos aceptar una explicación porque reduce nuestra incertidumbre.
Nada de esto demuestra que estemos equivocados.
Pero tampoco demuestra que tengamos razón.
Simplemente nos recuerda algo importante:
Sentir intensamente una idea no es lo mismo que haber demostrado que es
verdadera.
El miedo: una idea puede parecer urgente
El miedo tiene una capacidad especial para concentrar nuestra atención.
Cuando percibimos una amenaza, muchas otras cosas dejan de parecernos
importantes.
Eso puede ser útil.
Si existe un peligro real, reaccionar rápidamente puede ser necesario.
Pero precisamente por eso el miedo también puede cambiar nuestra
relación con la información.
Una idea que nos asusta puede adquirir una importancia inmediata.
Queremos saber más.
Buscamos explicaciones.
Compartimos advertencias.
Hablamos del tema.
Y, a veces, podemos aceptar conclusiones apresuradas simplemente porque
sentimos que debemos actuar antes de que sea demasiado tarde.
La urgencia puede ser real.
Pero también puede ser construida.
Por eso, frente a una información que nos provoca miedo, quizá una de
las preguntas más difíciles sea:
¿Existe realmente una amenaza o estoy reaccionando a la sensación de
amenaza?
No siempre podremos responder de inmediato.
Pero distinguir entre ambas cosas puede ser fundamental.
La indignación: cuando una idea nos llama a luchar
La indignación también puede ser una fuerza poderosa.
Algo nos parece injusto.
Cruel.
Absurdo.
Inaceptable.
Y sentimos la necesidad de reaccionar.
La indignación puede impulsar cambios necesarios. Muchas injusticias han
sido enfrentadas precisamente porque alguien se negó a aceptarlas como
normales.
Pero la indignación tiene otra característica.
Puede simplificar.
Cuando estamos profundamente indignados, puede resultar difícil escuchar
aquello que parece justificar al otro.
Podemos dejar de distinguir entre una explicación y una defensa.
Entre comprender algo y aprobarlo.
Entre una persona que cometió un error y una persona que debe ser
definida para siempre por ese error.
La emoción puede ayudarnos a reconocer que algo importa.
Pero no siempre nos dice, por sí sola, qué debemos pensar sobre ello.
La esperanza también influye
No todas las emociones que fortalecen una creencia son negativas.
También podemos creer con más facilidad aquello que queremos que sea
cierto.
Una promesa de solución.
Una explicación que ofrece sentido.
Una persona que parece tener todas las respuestas.
Una idea que nos asegura que las cosas mejorarán.
La esperanza puede ser necesaria.
Sin ella sería difícil emprender proyectos, resistir dificultades o
imaginar alternativas.
Pero precisamente porque necesitamos esperanza, también podemos ser
vulnerables a las ideas que saben ofrecérnosla.
Una promesa no se vuelve verdadera porque nos haga sentir mejor.
Una explicación no se vuelve correcta porque nos tranquilice.
Y una persona no se vuelve confiable simplemente porque nos ofrezca las
respuestas que deseábamos escuchar.
Quizás una de las formas más difíciles de pensamiento crítico consiste
en preguntarnos:
¿Quiero creer esto porque tengo buenas razones o porque necesito que sea
verdad?
Cuando una creencia se vuelve personal
Hay ideas que podemos abandonar sin demasiado esfuerzo.
Descubrimos que estábamos equivocados sobre algo y corregimos nuestra
opinión.
Pero otras son diferentes.
Cuestionarlas se siente como un ataque.
¿Por qué?
A veces porque la creencia ya no es solamente una idea.
Se ha unido a nuestra historia.
A nuestra familia.
A nuestras experiencias.
A las personas que admiramos.
A una etapa importante de nuestra vida.
A nuestra identidad.
En ese momento, discutir una idea puede sentirse como discutir a la
persona que la sostiene.
Y abandonar una convicción puede parecer una traición.
No necesariamente porque alguien nos obligue a mantenerla.
A veces somos nosotros mismos quienes hemos construido una relación
emocional con ella.
Por eso resulta tan difícil cambiar de opinión sobre ciertas cosas.
No basta con revisar los argumentos.
También debemos enfrentarnos a la pregunta:
¿Qué perdería si dejara de creer esto?
Tal vez perderíamos una explicación.
Tal vez una pertenencia.
Tal vez una parte de nuestra historia.
Tal vez la sensación de haber tenido razón durante mucho tiempo.
Y reconocerlo no es una debilidad.
Puede ser el comienzo de una mayor honestidad.
Cuando la emoción llega antes que la pregunta
Una de las cosas más curiosas de nuestra experiencia cotidiana es que,
muchas veces, sentimos algo antes de haber formulado una opinión.
Vemos una imagen y reaccionamos.
Escuchamos una frase y sentimos rechazo.
Leemos un titular y nos indignamos.
Después buscamos razones.
Después construimos argumentos.
Esto no significa que todos nuestros argumentos sean simples excusas
para justificar lo que sentimos.
Sería una simplificación excesiva.
Pero sí significa que, en ocasiones, conviene preguntarnos por el orden
en que las cosas ocurrieron.
¿Primero llegué a una conclusión y después sentí algo?
¿O primero sentí algo y luego comencé a buscar una explicación?
La respuesta puede ser incómoda.
Porque nos gusta pensar que nuestras convicciones nacen de razones
claras.
Y muchas veces las razones existen.
Pero también puede ocurrir que una emoción haya preparado el terreno
antes de que comenzara nuestra investigación.
Las ideas que saben cómo hacernos sentir
Quienes desean comunicar algo conocen, desde hace mucho tiempo, el poder
de las emociones.
La publicidad lo sabe.
El cine lo sabe.
La propaganda lo sabe.
La política lo sabe.
Los medios lo saben.
Pero esto no significa que toda comunicación emocional sea una
manipulación.
Un documental sobre una tragedia puede emocionarnos y, al mismo tiempo,
transmitir información verdadera.
Un discurso puede despertar esperanza y contener argumentos razonables.
Una historia puede hacernos llorar porque nos ayuda a comprender algo
que antes no habíamos visto.
El problema no está en que una idea provoque una emoción.
El problema aparece cuando creemos que la emoción demuestra la idea.
Una imagen impactante puede ser auténtica y, aun así, utilizarse para
sostener una conclusión equivocada.
Una historia puede ser verdadera y, sin embargo, no representar una
tendencia general.
Una experiencia individual puede ser profundamente conmovedora sin convertirse
automáticamente en prueba de una afirmación universal.
Por eso, quizás conviene aprender a separar dos preguntas:
¿Qué estoy sintiendo?
y
¿Qué demuestra realmente esta información?
Ambas preguntas importan.
Pero no son la misma pregunta.
Una emoción puede abrir la puerta a una creencia
Ahora podemos regresar al recorrido de esta serie.
Primero hablamos de la atención.
Una idea necesita, muchas veces, conseguir que la miremos.
Después hablamos de la repetición.
Una idea puede regresar hasta convertirse en algo familiar.
Ahora aparece la emoción.
Y una idea que ha conseguido ser vista, recordada y sentida puede
adquirir una fuerza especial.
Puede permanecer con nosotros.
Puede volver cuando una situación parecida despierta la misma emoción.
Puede convertirse en una explicación disponible.
Puede comenzar a formar parte de nuestra manera de interpretar el mundo.
No hace falta imaginar un proceso automático.
Las personas no somos máquinas en las que alguien introduce una idea y
obtiene una creencia.
Cada uno interpreta, acepta, rechaza, modifica y reconstruye lo que
recibe.
Pero sería ingenuo ignorar que la emoción forma parte de ese proceso.
Las ideas no habitan únicamente en nuestros argumentos.
También pueden habitar en nuestros miedos.
En nuestras esperanzas.
En nuestros recuerdos.
En nuestros afectos.
Aprender a preguntar mientras sentimos
Quizás el objetivo no sea dejar de sentir.
Eso sería imposible.
Y tampoco sería deseable.
El desafío consiste en no renunciar a pensar porque estamos sintiendo
algo intensamente.
Cuando una información nos provoca una emoción poderosa, podemos
intentar hacer una pausa.
No para negar la emoción.
Sino para observarla.
Podemos preguntarnos:
—¿Qué estoy sintiendo?
—¿Por qué esta información me afecta de esta manera?
—¿Qué parte de mi historia está reaccionando aquí?
—¿Esta emoción está ayudándome a comprender o está ocupando todo el
espacio?
—¿Qué sé realmente y qué estoy suponiendo?
—¿Seguiría pensando lo mismo si esta idea no viniera acompañada de una
imagen, una historia o una experiencia tan poderosa?
No siempre encontraremos una respuesta clara.
Pero el simple hecho de distinguir entre lo que sentimos y lo que
sabemos puede ser importante.
No para elegir uno y despreciar el otro.
Sino para impedir que uno se disfrace del otro.
La emoción también necesita ser escuchada
Existe, sin embargo, otro error.
El de creer que, si una emoción influye en nuestro pensamiento, entonces
debemos ignorarla.
Tampoco se trata de eso.
Una emoción puede contener información sobre nosotros.
Puede revelarnos un miedo.
Un deseo.
Una experiencia no resuelta.
Algo que consideramos importante.
Si una idea nos provoca una reacción intensa, quizás no solo debamos
preguntar:
"¿Es verdadera?"
También podemos preguntar:
"¿Por qué necesito responder a ella de esta manera?"
A veces la investigación exterior nos enseña algo sobre el mundo.
Y la investigación interior nos enseña algo sobre nosotros.
Ambas pueden ser necesarias.
Cuando una idea deja de ser una idea
Tal vez ese sea uno de los momentos decisivos en la arquitectura de una
creencia.
Una afirmación llega a nosotros.
Consigue nuestra atención.
Se repite.
Se vuelve familiar.
Y, en algún momento, comienza a despertar algo.
Miedo.
Esperanza.
Orgullo.
Indignación.
Afecto.
Entonces puede ocurrir una transformación.
La idea deja de ser solamente algo que pensamos.
Se convierte en algo que defendemos.
Y cuanto más profundamente se une una creencia a nuestras emociones, más
difícil puede resultar examinarla sin sentir que algo personal está siendo
amenazado.
Pero precisamente allí puede comenzar una nueva forma de libertad.
No la libertad de dejar de sentir.
Sino la libertad de reconocer:
Esto me importa profundamente. Y precisamente por eso merece ser
examinado con mayor cuidado.
Porque algunas de las ideas que más necesitamos investigar no son las
que nos resultan indiferentes.
Son aquellas que sentimos demasiado cerca como para imaginarnos sin
ellas.
Y en la próxima columna llegaremos a una de las preguntas más difíciles
de toda esta serie:
¿Qué ocurre cuando una creencia deja de ser solamente algo que pensamos
y comienza a definir quiénes creemos ser?
Porque entonces ya no hablamos simplemente de ideas.
Hablamos de identidad.
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