Arquitectura de las Creencias. Columna 3: El guardián de la mente
No aparecen
de la nada.
Algunas
llegan desde la familia. Otras nacen de una experiencia. Algunas son
transmitidas por personas a las que reconocemos autoridad. Otras se consolidan
mediante la repetición, la emoción o la necesidad de pertenecer.
Las ideas
tienen caminos de entrada.
Pero si
esto es así, aparece una pregunta inevitable:
¿Quién
vigila la puerta?
La pregunta
es, por supuesto, una metáfora.
No existe
dentro de nuestra cabeza un pequeño guardia sentado frente a una puerta,
revisando cuidadosamente cada pensamiento antes de permitirle entrar. La mente
no funciona de una manera tan simple.
Sin
embargo, la metáfora puede ayudarnos a pensar en algo importante.
A lo largo
del día recibimos una cantidad enorme de mensajes, imágenes, opiniones,
interpretaciones, recuerdos y estímulos. Escuchamos conversaciones. Leemos
titulares. Vemos publicidad. Recibimos recomendaciones. Alguien nos cuenta una
historia. Un amigo comparte una opinión. Un video nos presenta una explicación.
Un mensaje nos provoca una emoción.
No podemos
examinarlo todo.
Sería
imposible.
Si
tuviéramos que detenernos a analizar cuidadosamente cada afirmación que
escuchamos, cada imagen que vemos y cada idea que aparece ante nosotros,
probablemente no podríamos hacer nada más.
Necesitamos
filtrar.
Necesitamos
seleccionar.
Necesitamos
decidir —aunque no siempre de manera consciente— qué merece nuestra atención y
qué puede pasar de largo.
A esa
función, para los propósitos de esta serie, la llamaremos el guardián.
Una puerta que nunca permanece cerrada
Quizás una
de las ideas más importantes sea esta:
No podemos
impedir que las ideas lleguen a nosotros.
Ni siquiera
sería deseable intentarlo.
Vivimos
rodeados de otras personas. Aprendemos precisamente porque recibimos
información que antes no poseíamos. Las ideas nuevas pueden corregirnos,
enriquecernos y obligarnos a abandonar errores que jamás habríamos descubierto
por nosotros mismos.
Una mente
completamente cerrada no es una mente libre.
Es una
mente aislada.
El problema
tampoco consiste en abrir o cerrar permanentemente la puerta.
El
verdadero desafío consiste en aprender a preguntarnos qué hacemos con aquello
que entra.
Porque no
todas las ideas merecen la misma respuesta.
Algunas
deben ser atendidas.
Otras
necesitan ser examinadas.
Algunas
pueden ser aceptadas provisionalmente.
Otras
conviene ponerlas en duda.
Y muchas,
simplemente, pueden ser descartadas.
Pero para
hacer cualquiera de estas cosas debemos advertir, primero, que una idea ha
llegado.
Y eso no
siempre ocurre.
Las ideas que entran sin anunciarse
Hay ideas
que llegan de forma evidente.
Un artículo
intenta convencernos.
Un discurso
político busca obtener nuestro apoyo.
Una
publicidad quiere que compremos algo.
En esos
casos sabemos, al menos en principio, que alguien está intentando influir sobre
nosotros.
Pero
existen otras formas de influencia mucho menos visibles.
Una
determinada manera de describir un problema.
Una palabra
elegida en lugar de otra.
Una
historia repetida una y otra vez.
Una imagen
que provoca una emoción antes de que podamos pensar en ella.
Una
pregunta que contiene una conclusión escondida.
Una
afirmación que todos parecen dar por cierta.
Muchas
ideas no entran diciendo:
"Vengo
a intentar cambiar tu manera de pensar."
Llegan
disfrazadas de conversación.
De
costumbre.
De
entretenimiento.
De sentido
común.
De
tradición.
De
realidad.
Y quizás
por eso algunas de las ideas más influyentes son precisamente aquellas cuya
influencia nunca advertimos.
No
necesitan convencer a una mente que está en guardia.
Solo
necesitan pasar inadvertidas.
El problema de la atención
El guardián
tiene una limitación fundamental:
no puede
vigilarlo todo al mismo tiempo.
Nuestra
atención es limitada.
Cuando
estamos concentrados en algo, dejamos otras cosas fuera.
Cuando
estamos cansados, apurados, preocupados o emocionalmente alterados, es probable
que examinemos menos de lo que recibimos.
Esto no
significa que perdamos por completo nuestra capacidad de pensar.
Pero sí
debería hacernos más modestos.
Muchas
veces imaginamos que nuestras opiniones son el resultado de una deliberación
tranquila y consciente.
Sin
embargo, una gran parte de lo que incorporamos ocurre mientras estamos haciendo
otras cosas.
Escuchamos
una frase.
Vemos una
imagen.
Leemos un
titular.
Alguien
hace un comentario.
Seguimos
adelante.
Nada parece
haber cambiado.
Pero las
ideas no siempre producen un cambio inmediato.
Algunas simplemente
permanecen.
Esperan.
Se repiten.
Encuentran
otras ideas parecidas.
Y, con el
tiempo, aquello que inicialmente parecía extraño comienza a resultarnos
familiar.
Por eso la
atención es mucho más importante de lo que parece.
Antes de
influir en nuestras creencias, una idea necesita, muchas veces, algo más
sencillo:
nuestra
atención.
Un guardián que también tiene prejuicios
Sería
tranquilizador imaginar que este guardián es completamente racional.
Que escucha
cada argumento, compara cuidadosamente las evidencias y toma decisiones
imparciales.
Pero todos
sabemos que no funcionamos así.
Tendemos a
prestar más atención a lo que nos interesa.
A escuchar
con mayor simpatía aquello que confirma lo que ya pensamos.
A
desconfiar de las ideas que amenazan nuestras convicciones.
A recordar
aquello que nos afectó emocionalmente.
A ignorar
lo que nos resulta incómodo.
En otras
palabras:
el guardián
también puede estar influido por aquello que ya habita dentro de la casa.
Y esto crea
una paradoja.
Las
creencias que ya poseemos pueden ayudarnos a decidir qué nuevas ideas
aceptamos.
Pero esas
mismas creencias pueden impedirnos escuchar información que las contradice.
Una persona
puede creer que está defendiendo la verdad cuando, en realidad, está defendiendo
simplemente aquello que le resulta familiar.
Por eso
proteger nuestra mente no significa únicamente desconfiar de las influencias
externas.
También
significa aprender a reconocer las defensas que construimos nosotros mismos.
Cuando bajamos la guardia
Hay
momentos en los que examinamos cuidadosamente una idea.
Y hay otros
en los que simplemente la dejamos pasar.
Esto ocurre
todos los días.
Cuando
confiamos en una persona.
Cuando
estamos cansados.
Cuando
tenemos prisa.
Cuando algo
nos divierte.
Cuando una
información coincide con lo que ya pensamos.
Cuando una
emoción intensa ocupa toda nuestra atención.
No hay nada
extraño en esto.
Nadie puede
vivir en un estado permanente de vigilancia intelectual.
El problema
aparece cuando olvidamos que bajar la guardia también tiene consecuencias.
Porque las
ideas no necesitan siempre una gran ceremonia para convertirse en parte de
nosotros.
A veces
basta con que no encontremos una razón para cuestionarlas.
Quizás
nunca decidimos conscientemente creerlas.
Simplemente
nunca decidimos examinarlas.
Y, con el
tiempo, la ausencia de una pregunta puede parecerse mucho a una respuesta.
La vigilancia no consiste en desconfiar de todo
Aquí
conviene hacer una aclaración importante.
Un guardián
excesivamente desconfiado también puede convertirse en un problema.
Si
rechazamos automáticamente todo aquello que es nuevo, diferente o incómodo, no
estamos pensando con mayor libertad.
Estamos
protegiendo nuestras viejas ideas.
La
vigilancia intelectual no debería convertirse en paranoia intelectual.
No se trata
de sospechar de cada persona.
Ni de creer
que detrás de todo mensaje existe una conspiración.
Ni de
asumir que toda influencia es manipulación.
La
influencia forma parte inevitable de la vida humana.
Aprendemos
porque otros nos enseñan.
Cambiamos
porque escuchamos.
Corregimos
errores porque alguien nos muestra algo que no habíamos visto.
El objetivo
no es impedir que las ideas entren.
Es evitar
que la falta de atención decida por nosotros.
Aprender a hacer una pausa
Tal vez el
acto más sencillo del pensamiento crítico sea también uno de los más difíciles:
hacer una
pausa.
Antes de
aceptar.
Antes de
compartir.
Antes de
indignarnos.
Antes de
rechazar.
Una pausa
suficientemente larga para preguntarnos:
—¿Qué me
están diciendo realmente?
—¿Qué parte
de este mensaje es un hecho y qué parte es una interpretación?
—¿Por qué
esta idea me resulta inmediatamente convincente?
—¿Qué
emoción está despertando en mí?
—¿La
aceptaría con la misma facilidad si confirmara exactamente lo contrario de lo
que ya pienso?
—¿Quién
gana si yo acepto esta idea?
No todas
estas preguntas son necesarias en cada situación.
Sería
agotador.
Pero la
costumbre de hacer una pausa puede ser una forma de fortalecer al guardián.
No para convertirnos
en personas incapaces de confiar.
Sino para
recuperar, al menos de vez en cuando, la posibilidad de elegir.
La puerta también funciona hacia afuera
Hasta ahora
hemos imaginado al guardián como alguien que observa lo que intenta entrar.
Pero quizás
también debería vigilar lo que sale.
Las ideas
que aceptamos no permanecen encerradas dentro de nosotros.
Las
repetimos.
Las
compartimos.
Las
enseñamos.
Las
convertimos en argumentos.
Las
transmitimos a otras personas.
Y, en ese
momento, dejamos de ser únicamente receptores de influencias.
Nos
convertimos también en transmisores.
Cada vez
que repetimos una idea sin haberla examinado, podemos estar ayudando a
construir la creencia de otra persona.
Quizás por
eso la responsabilidad intelectual no consiste solamente en preguntarnos:
"¿Qué
estoy creyendo?"
También
deberíamos preguntarnos:
"¿Qué
estoy ayudando a creer a los demás?"
El guardián no es perfecto
Probablemente
nunca podremos controlar por completo aquello que influye sobre nosotros.
Y quizás
esa no debería ser la meta.
Una mente
completamente protegida de toda influencia sería una contradicción.
Necesitamos
escuchar.
Necesitamos
aprender.
Necesitamos
equivocarnos.
Necesitamos
cambiar.
El guardián
no existe para impedir que la mente cambie.
Existe, en
esta metáfora, para impedir que renunciemos por completo a participar en ese
cambio.
Su tarea no
es mantener la puerta cerrada.
Es
recordarnos que existe una puerta.
Que no todo
lo que llega debe convertirse automáticamente en una convicción.
Que algunas
ideas merecen entrar.
Otras
necesitan ser examinadas.
Y algunas
deberían esperar afuera.
Quizás la
libertad intelectual no consiste en elegir todas las ideas que tendremos.
Eso sería
imposible.
Pero sí
puede consistir en recuperar, cada vez que sea posible, una pequeña parte del
proceso mediante el cual una idea se convierte en nuestra.
Y para eso
debemos aprender algo que parece sencillo, pero que en un mundo construido para
capturar nuestra atención se vuelve cada vez más difícil:
darnos
cuenta de cuándo alguien está llamando a la puerta.
La próxima
pregunta, entonces, es inevitable.
Si la
atención es una de las puertas de entrada de las ideas y si tantas personas,
empresas, medios y plataformas compiten constantemente por ella:
¿qué ocurre
cuando nuestra atención se convierte en el recurso más disputado del mundo?
Esa será
nuestra próxima investigación.
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