Arquitectura de las Creencias. Columna 2: El origen de una creencia

Todos sabemos, más o menos, lo que creemos.

Tenemos opiniones sobre la sociedad, la política, la educación, la religión, el éxito, el dinero y la naturaleza humana. Confiamos en determinadas personas y desconfiamos de otras. Consideramos algunas cosas evidentes y otras absurdas. Hay ideas que defendemos con convicción y otras que rechazamos casi de manera automática.

Si alguien nos preguntara qué pensamos sobre un determinado asunto, probablemente podríamos responder.

Pero hay una pregunta diferente, y bastante más difícil:

 ¿Cuándo comenzamos a pensar así?

 ¿En qué momento adquirimos la idea de que cierta profesión era más respetable que otra?

¿Quién nos enseñó qué significa tener éxito?

¿Cuándo decidimos que determinadas personas eran confiables y otras sospechosas?

¿Por qué algunas ideas nos parecen naturales y otras nos resultan extrañas incluso antes de haberlas considerado?

 Sabemos cuáles son muchas de nuestras creencias.

Pero rara vez conocemos su historia.

 Y, sin embargo, toda creencia tiene una historia.

Tiene un origen.

O, más exactamente, tiene una serie de orígenes.

Porque las ideas no suelen aparecer de la nada en nuestra mente. Llegan desde algún lugar. Las aprendemos, las escuchamos, las imitamos, las experimentamos o las incorporamos poco a poco hasta que llega un momento en que dejamos de percibirlas como algo que hemos adquirido.

Simplemente pasan a formar parte de nosotros.

Decimos:

"Yo pienso así."

Pero pocas veces nos detenemos a preguntar:

¿Cómo llegué a pensar así?


 Las primeras ideas

Antes de poder examinar una idea, ya estamos rodeados de ellas.

Nacemos en una familia.

Crecemos dentro de una cultura.

Aprendemos un idioma.

Escuchamos historias.

Observamos cómo se comportan los adultos.

Descubrimos qué cosas son celebradas y cuáles son criticadas. Qué se considera normal. Qué se considera vergonzoso. Qué se considera admirable. Qué se considera peligroso.

Nadie comienza su vida con una hoja en blanco.

Llegamos a un mundo que ya está lleno de interpretaciones.

La familia nos transmite valores, creencias y costumbres. La educación nos enseña determinadas formas de comprender la realidad. La cultura nos ofrece relatos, símbolos y modelos. El lenguaje mismo organiza aquello que podemos nombrar y discutir.

Esto no significa que todo lo aprendido sea falso.

Sería absurdo pensarlo.

El hecho de haber heredado una idea no la convierte automáticamente en equivocada.

Pero tampoco la convierte en verdadera.

Haber recibido una creencia no es lo mismo que haberla elegido.

Y esa diferencia merece ser observada.


La experiencia también construye creencias

No todas nuestras ideas provienen de otras personas.

Muchas nacen de nuestras propias experiencias.

Una decepción puede enseñarnos a desconfiar.

Un fracaso puede convencernos de que no somos capaces.

Una traición puede modificar nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Un éxito puede reforzar la idea de que hemos encontrado el camino correcto.

La experiencia tiene una fuerza especial porque sentimos que nadie puede discutirla.

Después de todo, nos ocurrió a nosotros.

Pero existe una diferencia entre una experiencia y la conclusión que extraemos de ella.

Podemos experimentar una situación dolorosa y aprender algo importante.

También podemos experimentar una situación dolorosa y construir, a partir de ella, una conclusión demasiado amplia.

Que una persona nos haya traicionado no significa que nadie sea confiable.

Que hayamos fracasado no significa que seamos incapaces.

Que algo haya funcionado una vez no significa que siempre funcionará.

La experiencia nos entrega información.

Pero nosotros interpretamos esa información.

Y, en ocasiones, olvidamos que la interpretación también puede ser examinada.


Las ideas que recibimos de la autoridad

Durante buena parte de nuestra vida dependemos del conocimiento de otras personas.

No podemos comprobarlo todo por nosotros mismos.

Confiamos en padres, profesores, especialistas, autores, instituciones y personas que consideramos más experimentadas o mejor informadas.

Esa confianza es necesaria.

Una sociedad sería imposible si cada individuo tuviera que empezar desde cero y verificar personalmente cada afirmación que recibe.

El problema no es reconocer la autoridad de quien sabe más sobre un determinado asunto.

El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre escuchar una autoridad y entregar permanentemente nuestro juicio a la autoridad.

Una persona puede ser experta y equivocarse.

Una institución puede tener prestigio y cometer errores.

Una tradición puede conservar una enseñanza valiosa y, al mismo tiempo, contener ideas que merecen ser revisadas.

Esto nos devuelve al punto de partida de la serie anterior.

El Kalama Sutta no nos enseñaba a desconfiar de todo.

Nos invitaba a no aceptar una idea simplemente porque procediera de una fuente considerada respetable.

La autoridad puede ser una razón para prestar atención.

No debería ser el final de la investigación.


Las ideas que se repiten

Hay ideas que escuchamos una vez y olvidamos.

Hay otras que vuelven.

Las escuchamos en conversaciones, en los medios, en la publicidad, en discursos, en libros, en redes sociales.

Al principio son simplemente afirmaciones.

Después comienzan a resultarnos conocidas.

Y, con el tiempo, pueden adquirir una apariencia curiosa: dejan de parecernos ideas y empiezan a parecernos realidad.

"Siempre ha sido así."

"Todo el mundo sabe eso."

"Es evidente."

Quizás una de las cosas más interesantes que podemos hacer cuando escuchamos una afirmación que nos parece evidente sea preguntarnos:

¿Cuántas veces la he escuchado antes?

Porque la repetición no crea necesariamente una creencia.

Pero puede ayudar a que una idea encuentre un lugar en nuestra mente.

Más adelante volveremos sobre este mecanismo. Merece una investigación propia.

Por ahora basta con observar algo sencillo:

No todo lo que nos resulta familiar ha sido examinado.

Y no todo lo que ha sido repetido ha sido demostrado.

 

Las ideas que compartimos para pertenecer

Hay otro origen de las creencias del que hablamos menos de lo que deberíamos.

La pertenencia.

Los seres humanos no vivimos aislados. Formamos parte de familias, comunidades, grupos, tradiciones y sociedades. Buscamos personas con quienes compartir valores, intereses e interpretaciones.

Y las ideas también pueden funcionar como señales de pertenencia.

Algunas opiniones nos dicen quiénes son "los nuestros".

Otras nos ayudan a identificar quiénes están al otro lado.

En estos casos, cuestionar una creencia puede resultar más difícil de lo que parece.

Porque quizás no estamos cuestionando solamente una idea.

Tal vez estamos cuestionando una parte de nuestra relación con un grupo.

Cambiar de opinión puede significar correr el riesgo de ser incomprendido.

Dejar de estar de acuerdo.

Sentirse diferente.

Incluso perder una identidad que habíamos construido durante años.

Por eso algunas discusiones resultan tan intensas.

A veces creemos que estamos discutiendo argumentos.

Pero también estamos defendiendo pertenencias.

 

Una creencia puede tener muchos padres

Quizás el error más frecuente sea imaginar que cada creencia tiene un único origen.

Rara vez es así.

Podemos haber recibido una idea en nuestra familia. Más tarde, una experiencia parece confirmarla. Nuestro grupo la refuerza. Escuchamos la misma interpretación en distintos lugares. Una emoción intensa termina de consolidarla.

Y después de muchos años, todas esas capas desaparecen de nuestra conciencia.

Solo queda la conclusión.

"Yo pienso así."

Pero ¿cuánto de esa conclusión fue realmente construido mediante una reflexión deliberada?

¿Y cuánto fue heredado, aprendido, reforzado o simplemente aceptado porque nunca encontramos una razón para cuestionarlo?

Estas preguntas no pretenden desacreditar nuestras convicciones.

Pretenden conocerlas mejor.

 

El problema de olvidar

Quizás una creencia se vuelve especialmente difícil de examinar cuando olvidamos que alguna vez tuvo que entrar en nuestra mente.

Cuando eso ocurre, podemos confundir cosas que no son iguales.

Confundimos lo aprendido con lo evidente.

Lo familiar con lo verdadero.

Lo repetido con lo comprobado.

Lo compartido con lo correcto.

Lo emocionalmente importante con lo universal.

Y, sobre todo, podemos confundir una antigua conclusión con la realidad misma.

Una persona puede creer algo durante tanto tiempo que ya no recuerda haber empezado a creerlo.

Eso no demuestra que esté equivocada.

Pero tampoco demuestra que tenga razón.

Solo significa que una idea ha tenido tiempo suficiente para convertirse en parte de su paisaje mental.

Y lo que forma parte del paisaje deja de llamar nuestra atención.

 

Investigar una creencia no significa destruirla

Hay una razón por la cual muchas personas evitan cuestionar sus propias ideas.

Temen perderlas.

Pero examinar una creencia no significa necesariamente abandonarla.

Podemos investigar una convicción y descubrir que sigue siendo razonable.

Podemos descubrir que necesita algunos matices.

Que nació de información insuficiente.

Que fue construida a partir de una experiencia excepcional.

Que pertenece más a nuestro entorno que a nuestra propia reflexión.

O que, sencillamente, ya no representa lo que pensamos.

Cualquiera de esos resultados es valioso.

Una mente libre no es una mente sin creencias.

Es una mente capaz de preguntarse por ellas.

Una mente que no considera cada duda como una amenaza.

Una mente que puede investigar una convicción sin sentirse obligada a destruirla.

Porque la libertad intelectual no consiste en vivir sin certezas.

Consiste en saber que ninguna certeza debería quedar completamente fuera de nuestro alcance.

 

La biografía de una creencia

Tal vez cada una de nuestras convicciones tenga una especie de biografía.

Algunas comenzaron en nuestra infancia.

Otras llegaron a través de una persona que admirábamos.

Algunas nacieron de una experiencia.

Otras fueron reforzadas por una emoción.

Algunas se instalaron lentamente, mediante la repetición.

Y muchas fueron construidas por una combinación de todo lo anterior.

Conocer esa biografía no nos dice automáticamente si una creencia es verdadera o falsa.

Pero nos permite verla con mayor claridad.

Y tal vez ese sea el primer paso.

Antes de preguntarnos si una idea debe permanecer o desaparecer, quizás deberíamos preguntarnos:

¿Cómo llegó hasta aquí?

Porque si las ideas tienen caminos de entrada, si pueden instalarse y consolidarse hasta convertirse en parte de nuestra identidad sin que siempre seamos conscientes del proceso, entonces aparece una nueva pregunta.

Una pregunta que nos llevará al siguiente capítulo de esta serie:

¿Quién vigila la puerta?

 

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