Arquitectura de las Creencias. Columna 1: ¿Quién construyó lo que piensas?


Durante las últimas semanas hemos recorrido una antigua enseñanza que plantea una exigencia intelectual tan sencilla como difícil de practicar: no aceptar una idea simplemente porque ha sido repetida, porque procede de una autoridad, porque pertenece a una tradición o porque mucha gente la considera verdadera

El Kalama Sutta nos invita a investigar.

A observar.

A contrastar.

A pensar por nosotros mismos.

Pero al llegar al final de ese camino aparece una pregunta que quizás sea todavía más incómoda que todas las anteriores:

¿Con qué ideas estamos pensando?

Creemos conocer nuestras opiniones. Sabemos, o creemos saber, qué pensamos sobre la política, la religión, la educación, la sociedad, la moral y sobre nosotros mismos. Tenemos convicciones. Algunas las defendemos con firmeza. Otras forman parte de nosotros desde hace tanto tiempo que ni siquiera se nos ocurre preguntarnos de dónde vienen.

Las llamamos mis ideas.

Mis creencias.

Mi manera de ver el mundo.

Pero ¿cuánto hay realmente de "nuestro" en todo aquello que pensamos?

La pregunta no pretende negar nuestra capacidad de pensar. Tampoco supone que seamos simples receptores pasivos de ideas ajenas. Sería absurdo. Cada persona reflexiona, interpreta, compara y toma decisiones.

Sin embargo, antes de comenzar a hacerlo, ya hemos recibido una enorme cantidad de información.

Llegamos a un mundo que existía antes que nosotros.

Aprendemos un idioma que no inventamos. Crecemos dentro de una familia con determinadas costumbres. Recibimos una educación. Escuchamos historias. Conocemos héroes y villanos. Descubrimos qué cosas son consideradas normales, respetables, vergonzosas, peligrosas o deseables.

Mucho antes de tener la capacidad de examinar una idea, ya estamos rodeados de ideas.

Algunas nos llegan de forma explícita.

Otras, de manera mucho más sutil.

Nadie necesita decirnos directamente qué debemos pensar para influir en nuestra forma de ver el mundo. A veces basta con mostrar una determinada realidad una y otra vez. Basta con repetir ciertas palabras. Basta con presentar unas posibilidades y ocultar otras. Basta con establecer qué preguntas son importantes y cuáles parecen absurdas.

Y, poco a poco, aquello que recibimos puede empezar a parecernos natural.

Evidente.

Normal.

La realidad misma.

Ese es, quizás, uno de los fenómenos más curiosos de las creencias: cuanto más profundamente arraigadas están, menos conscientes solemos ser de que son creencias.

No decimos:

"Tengo la creencia de que el mundo funciona de esta manera".

Decimos:

"El mundo funciona así".

No pensamos:

"Esta es una interpretación que he aprendido y que podría revisar".

Pensamos:

"Esto es simplemente la realidad".

Y ahí comienza un problema.

Porque una persona puede estar perfectamente dispuesta a investigar las ideas de los demás y, al mismo tiempo, ser incapaz de examinar las propias.

Podemos desconfiar de la propaganda, pero nunca preguntarnos por qué determinadas consignas políticas nos resultan inmediatamente convincentes.

Podemos criticar los prejuicios ajenos, pero considerar nuestras propias generalizaciones como simples observaciones de la realidad.

Podemos denunciar el fanatismo, pero reaccionar con hostilidad cuando alguien cuestiona una convicción que forma parte de nuestra identidad.

Podemos exigir pensamiento crítico a todo el mundo, excepto cuando ese pensamiento crítico se dirige hacia nosotros.

Tal vez el verdadero desafío no sea aprender a detectar las ideas equivocadas.

Tal vez sea aprender a sospechar, de vez en cuando, de las ideas que nos parecen demasiado evidentes.

Porque una creencia no necesita ser falsa para merecer ser examinada.

Incluso una idea correcta puede haber sido aceptada por razones equivocadas.

Podemos llegar a una conclusión verdadera por costumbre, por obediencia, por imitación o por casualidad. Pero haber acertado no significa necesariamente haber pensado.

La libertad intelectual comienza cuando dejamos de confundir una idea conocida con una idea examinada.

Este será el punto de partida de una nueva serie.

No intentaremos descubrir una fórmula para controlar la mente ni ofrecer una lista de técnicas infalibles para pensar correctamente. Tampoco existe una posición desde la cual podamos librarnos por completo de las influencias. Todos somos influidos por nuestra época, nuestra cultura, nuestras experiencias y las personas con quienes convivimos.

El problema no es ser influido.

Eso es inevitable.

El problema comienza cuando ignoramos que estamos siendo influidos.

Por eso, antes de preguntarnos qué debemos creer, quizás convenga hacer una pregunta anterior:

¿Cómo llegan las ideas a convertirse en creencias?

¿Cómo una opinión se transforma en una convicción?

¿Por qué algunas ideas permanecen con nosotros durante décadas?

¿Por qué otras nos parecen absurdas incluso antes de haberlas considerado?

¿Por qué somos capaces de cambiar de opinión sobre algunas cosas y no sobre otras?

¿Qué papel tienen la atención, la repetición, la emoción, el hábito y la pertenencia?

¿Y qué ocurre cuando una idea deja de ser simplemente una idea y pasa a formar parte de nuestra identidad?

Estas preguntas nos llevarán a explorar lo que podríamos llamar la arquitectura de las creencias.

No porque las creencias se construyan siguiendo un plano único y perfecto. Ni porque la mente sea un edificio que podamos conocer por completo. La metáfora es más modesta.

Toda construcción tiene una estructura.

Tiene puertas.

Tiene caminos de entrada.

Tiene elementos que la sostienen.

Y también tiene puntos ciegos.

Quizás nuestras creencias funcionen de una manera parecida.

Algunas fueron recibidas.

Otras fueron aprendidas.

Algunas surgieron de experiencias profundas.

Otras se consolidaron simplemente porque fueron repetidas.

Muchas llegaron antes de que tuviéramos la capacidad de examinarlas.

Y algunas, probablemente, nunca las hemos examinado todavía.

La buena noticia es que descubrir esto no nos obliga a destruir todo lo que pensamos.

No es necesario sospechar permanentemente de cada idea hasta quedar paralizados por la duda. Una mente libre no es una mente incapaz de tener convicciones.

Es una mente que sabe que sus convicciones pueden ser examinadas.

Que comprende que estar equivocado es posible.

Que acepta que cambiar de opinión no siempre es una derrota.

Y que entiende que una idea no se convierte en verdadera simplemente porque lleva mucho tiempo viviendo dentro de nosotros.

Quizás la libre investigación de la que hablaba el Kalama Sutta no termina cuando aprendemos a desconfiar de las autoridades externas.

Quizás, en ese momento, recién comienza.

Porque después de preguntar quién nos dice qué pensar, aparece una pregunta mucho más difícil:

¿Quién construyó lo que hoy llamamos "mi manera de pensar"?

Esa será nuestra próxima investigación.

 

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