El Kalama Sutta y la Libre Investigación. Columna 2. Los diez criterios de examen: la guía del Buda para pensar con libertad
En la columna anterior dejamos a los habitantes de
Kesamutta frente al Buda, buscando una salida a la confusión que les provocaban
las enseñanzas contradictorias de los distintos maestros itinerantes.
Muchos esperaban que el Buda hiciera lo mismo que
todos los demás: afirmar que él poseía la verdadera doctrina y que las otras
eran falsas.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
En vez de ofrecer una nueva verdad para aceptar sin
discusión, les entregó algo mucho más valioso: un método para examinar
cualquier enseñanza antes de adoptarla.
Es importante comprender un detalle que suele pasar
desapercibido. El Buda no dijo que las tradiciones fueran falsas, que la lógica
fuera inútil o que los maestros no merecieran respeto. Lo que afirmó fue algo
mucho más sutil: ninguno de esos motivos, por sí solo, es suficiente para
aceptar una idea como verdadera.
No aceptes una enseñanza únicamente porque
ha sido transmitida durante generaciones (mā anussavena) o porque forma
parte de un antiguo linaje (mā paramparāya).
Las tradiciones y relatos orales conservan una enorme sabiduría
acumulada, pero también pueden preservar errores, prejuicios o prácticas que
dejaron de responder a las necesidades de nuevas épocas.
Estos relatos surgieron en un contexto donde pudieron tener sentido o utilidad, pero nada garantiza que los tengan en el contexto actual, en donde pueden perfectamente perder sentido, quedar obsoletas o incluso resultar contraproducentes.
Todo relato oral está sujeto a cambios y alteraciones, voluntarias o involuntarias, durante el proceso de transmisión
Lo que en un momento fueron consideraciones “revelaciones divinas” fueron llamados de esa manera ante la falta de otra explicación mejor. A medida que avanzó el conocimiento, muchas “revelaciones divinas” dejaron de serlo porque se les encontró una explicación racional o porque se descubrió que no eran más que mitos.2. El peso de la
opinión colectiva
Tampoco aceptes una afirmación simplemente porque
"todo el mundo lo dice" (mā itikirāya).
Hoy esta advertencia resulta sorprendentemente actual. El fenómeno de las fake news nos muestra la manera en que se puede manipular la información y crear noticias falsas. Una noticia compartida miles de veces, una publicación viral o una cadena de mensajes pueden generar la ilusión de certeza. Sin embargo, la popularidad nunca ha sido una garantía de veracidad.
La historia demuestra que las mayorías también
pueden equivocarse.
3. La autoridad de
los textos
En estricto rigor, no sabemos realmente de dónde vienen y no sabemos qué tan confiables son.
Los libros pueden transmitir una profunda sabiduría, pero siguen siendo interpretados, traducidos y comprendidos por seres humanos. Las sucesivas transcripciones y traducciones a otros idiomas a través de los siglos hacen que la veracidad de lo escrito allí resulte al menos dudosa.
No hay que interpretarlos de forma literal. Lo dicho en esos textos se explica en ciertos contextos (históricos, geográficos, de idiosincrasia) que no se pueden dejar de lado a la hora de interpretarlos. Su aplicación en otros contextos puede implicar interpretaciones distintas a las pensadas originalmente.
4. Los límites del
razonamiento
Quizá uno de los aspectos más sorprendentes del
Kalama Sutta sea que el Buda también invita a examinar nuestras propias
herramientas intelectuales.
Advierte contra aceptar una idea únicamente porque
parece lógicamente impecable (mā takkahetu) o porque encaja dentro de un
razonamiento filosófico sofisticado (mā nayahetu).
La lógica es una rama del conocimiento que las personas usan para imaginar la verdad. Es una herramienta extraordinaria, pero incluso el razonamiento más perfecto puede conducir a conclusiones erróneas si parte de premisas equivocadas.
Pensar bien exige algo más que razonar
correctamente.
5. Las primeras
impresiones
También recomienda desconfiar de las apariencias
inmediatas y de las conclusiones apresuradas (mā ākāraparivitakkena).
Las apariencias engañan
Con frecuencia confundimos intuición con
conocimiento. Muchas ideas parecen evidentes simplemente porque confirman
nuestros hábitos de pensamiento.
Pero lo evidente no siempre coincide con lo verdadero.
Hay que tener cuidado con el “sentido común”, que en el fondo no son más que juicios impulsivos basados en las tendencias propias del pensamiento
Lo que es de “sentido común” para mi es muy posible que no lo sea para otros.
6. El espejo de
nuestras propias creencias
Uno de los criterios más modernos del discurso
aparece cuando el Buda aconseja no aceptar una enseñanza solo porque coincide
con nuestras opiniones previas (mā diṭṭhinijjhānakkhantiyā).
Hoy la psicología conoce este fenómeno como sesgo
de confirmación: la tendencia a buscar información que reafirme lo que ya
creemos y a ignorar aquella que cuestiona nuestras convicciones.
Aunque el Buda no utilizó ese lenguaje, su
observación resulta sorprendentemente cercana.
Quizá este sea uno de los obstáculos más difíciles
de superar, porque el adversario no está fuera de nosotros, sino dentro de
nuestra propia mente.
7. El prestigio de
quien habla
Por último, el Buda dirige la atención hacia una de
las fuentes de influencia más poderosas: la autoridad.
No aceptes una enseñanza únicamente porque quien la
expone parece competente, elocuente o prestigioso (mā bhabbarūpatāya).
La competencia (aparente o real) de una persona no es argumento suficiente para creer en lo que dice sin cuestionarlo.
Las autoridades y expertos no son infalibles. Están sujetos a fallar y equivocarse, a veces incluso más que los no expertos. En ocasiones su propia expertise les puede jugar en contra, si van acompañada de soberbia o dogmatismo.
Muchas veces personas aparentemente (o incluso verdaderamente) inteligentes y expertas dicen estupideces, hacen tonterías y toman decisiones desastrosas.
Y culmina con una afirmación que sigue
sorprendiendo más de dos milenios después:
«No aceptéis algo simplemente porque vuestro
maestro lo dice.» (mā samaṇo no garū ti)
Estas palabras no desprecian a los maestros. Al contrario, les asignan una función mucho más noble: no fabricar seguidores dependientes, sino formar personas capaces de investigar por sí mismas.
Los maestros también pueden fallar, decir y hacer tonterías, tomar malas decisiones y tener conductas incorrectas y fallas de carácter propias de cualquier ser humano.
Aceptar principios sin más argumentos que “lo señalado por el maestro” te expone al peligro de ser manipulado por maestros torpes o inescrupulosos.
Los maestros no son dioses, sino que personas como uno, que saben más que tú o tienen más experiencia que ti en determinados temas, y que están dispuestas a enseñarte. Merecen respeto por saber o haber logrado algo que tú no has logrado todavía, pero en ámbitos diferentes al de su especialidad puede saber tan poco o incluso menos que el discípulo.
No son omnipotentes, ni su conocimiento es infinito. En un primer momento, cuando no sabe nada ni tiene con qué cuestionarlo, al discípulo no le queda otra que obedecerlo. A medida que va aprendiendo, el discípulo puede ir percatándose de los límites del conocimiento y las habilidades de su maestro.
Al maestro hay que respetarlo y aprovechar sus enseñanzas, pero no volverse sumiso a él. El maestro te da una referencia inicial, un punto de partida, pero NO ES LA BIBLIA. Además, el maestro no enseña todo lo que sabe. Siempre se reserva algo para él.
El buen discípulo es crítico con el maestro y sus enseñanza. Busca fuentes alternativas, consulta otros maestros para contrastarlo, trata de construirse su propio aprendizaje, va más allá de lo que le dice el maestro y trata de superarlo.
El buen maestro se empeña en que el discípulo lo supere. No quiere formar fans ni seguidores incondicionales. No le interesa armar una secta de seguidores alrededor suyo. Quiere que sus discípulos lo superen. Incluso está dispuesto a aprender de ellos, `pues está conscuente que, si no se actualiza constantemente, pueden quedar desfasados u obsoletos.
En el caso particular de nuestros padres, ellos nos proporcionaron solamente el punto de partida, el que puede ser mejor o peor de acuerdo a su desempeño. Hicieron lo mejor que pudieron con lo que saben, lo que tienen y en medio de las circunstancias en que le tocó vivir. Te enseñan lo que les sirvió, lo que les funcionó y lo que creen que te puede funcionar.
El sistema de creencias que te dejaron tus padres es solamente tu punto de partida. Gran parte de ese sistema responde al contexto en el momento de la crianza, el cual puede ir cambiando con el tiempo y las circunstancias. Lo más probable es que una buena parte de este sistema no te va a servir para toda la vida y vas a tener que ajustarlo en algún momento de tu vida. Aferrarse a él es una invitación al desastre.
Una vez adulto, cada cual explora el mundo, conociendo una diversidad de realidades diferentes a la propia. De acuerdo a lo que vive, tiene que ir cuestionando el sistema de creencias que le dejaron en la niñez, aunque sea por mera sobrevivencia y necesidad de convivir. Producto de ello, ese sistema tiene que ir cambiando. Esto implica revisar, adaptar y modificar lo que te dijeron los padres.
Lo mejor que pueden hacer los padres es no imponerles reglas rígidas (salvo ciertos principios básicos fundamentales), sino que ayudar a sus hijos a desarrollar pensamiento crítico, libertad intelectual y flexibilidad mental.
Una libertad
exigente
A primera vista, estas diez advertencias podrían
parecer una invitación al escepticismo absoluto.
No lo son.
El Buda no propone desconfiar de todo ni rechazar
toda autoridad. Nos invita a hacer algo mucho más difícil: descubrir por qué
aceptamos una idea antes de decidir si merece nuestra confianza.
La tradición puede ser valiosa.
Los textos pueden contener sabiduría.
La lógica puede iluminar un problema.
Los buenos maestros pueden orientar nuestro camino.
Pero ninguna de esas fuentes sustituye la
responsabilidad personal de investigar.
La libertad intelectual no consiste en rechazar
todas las autoridades.
Consiste en dejar de depender ciegamente de ellas.
Una pregunta para
nosotros
Nos preguntaría algo mucho más incómodo:
¿Cuántas de tus convicciones sostienes porque
realmente las has examinado, y cuántas simplemente porque alguien más las pensó
antes que tú?
En la próxima columna descubriremos el paso
siguiente del Kalama Sutta. Después de explicar qué razones son insuficientes
para aceptar una enseñanza, el Buda propone un criterio positivo para ponerla a
prueba en la experiencia y evaluar si conduce realmente al bienestar o al
sufrimiento.
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